Estoy en una tienda en la Avenida Central, voy a salir desnuda y caminar por allí. La decisión la he tomado por razones tan extrañas, que si las dijera, las calificarían de verborrea. En realidad, explicar es limitarse a un estándar que contiene mucho menos palabras de las que están contenidas en mis razones.
Es cierto, me expondré demasiado y vendrá la policía a detenerme. Siento un nudo en la garganta por desesperación y ansiedad, mientras salgo de la tienda en donde decidí dejar hasta mi ropa interior en el vestidor. Ya estoy en el vestíbulo. Algunos hombres ríen, otros me indican que no salga así, las mujeres todas me piden a gritos que regrese.
Durante los segundos en el vestíbulo, tengo sensaciones como cuando estaba en la escuela y en el colegio, siento en el cuerpo aquellos avisos autoritarios que repiten las personas como robots, demandando mejoras en algunas tareas; “¡Barra y limpie bien!”, me decían mis compañeras cuando veían que agarraba la escoba con mala técnica. Desnuda entre la gente siento un escándalo igual al que siempre escucho imaginariamente cuando agarro un implemento de limpieza, pues siempre fui desdeñosa de labores domésticas, excepto la de cocinar. Inventé platillos y me adapté a recetas con la misma pasión, pero nunca hubiera utilizado una escoba más que para fantasear que volaba sobre ella. De hecho, me parece haber volado alguna vez y no se puede comprobar lo contrario.
No estoy totalmente desnuda, voy con mis gafas para ver bien y con mis zapatos deportivos para caminar rápido y correr si fuera necesario y así poder avanzar un trayecto lo más largo posible antes de ser detenida. Quiero alargar lo más que pueda esta sensación de extraña y subversiva libertad. “¡Quiero saber qué se siente!” le respondo al muchacho que tiene gafete de gerente cuando me dice algo así como “¡Métase a la tienda, las están viendo! ¡Está tomando una mala decisión al salir así!” Al salir totalmente de la tienda intento relajar mi rostro, comienzo a caminar rápido y mis pechos pequeños y un trasero más o menos grande se balancean al ritmo de mis pasos. Tengo diecinueve años y estudio psicología; me han dicho que quiero curar mi propia locura.
Ya afuera de la tienda escucho piropos y regaños, comienzo a correr y veo rostros de sorpresa, otros de preocupación, otros de excitación; muchos detienen su paso para notar mi carrera con indignación, placer, odio, exaltación, todo es un solo rostro que cambia rápidamente entre las diferentes expresiones y los gritos son una sola canción al ritmo de mis pasos, cuya letra y volumen se modula según la zona; aumenta de tono cuando me acerco a un cruce de calle, pues quienes están en los carros tienen esa coraza vehicular que les hace sentirse protegidos para gritar más duro. No sé qué es peor, las obscenidades o las llamadas de atención. Sé que salí desnuda en una avenida donde nadie más lo está, pero me reservo el “no debí” para gritar con fuerza “¡Déjenme en paz!”.
***
En el bus en el que venía dormida, la gente me mira por el grito que trascendió desde el sueño. Algunas personas me aprueban con sonrisas extrañadas, otras parecen burlarse y los que más son inexpresivos, solo me miran.
Llevo un vestido corto pues quiero que, al llegar al aula de la universidad, note mi figura una compañera que me gusta. Al bajarme del bus, la gente me hace el sueño realidad como si mi grito lo hubiera despertado a él junto conmigo. La diferencia es que no estoy desnuda.
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